Fernando Molle sobre 62 brazadas, de Silvina López Medin

PARTES DEL TODO (fragmento)



No es habitual en la poesía contemporánea los casos de “adaptación” de textos narrativos. 62 brazadas, tercer libro de poemas de Silvina López Medin (Buenos Aires, 1976), parte del clásico relato de John Cheever, “El nadador”. Es la historia de un hombre que emprende un alegórico regreso a su casa nadando a través de las piletas de sus vecinos. Estructurado en breves “bloques”, 62 brazadas desgrana, en cada uno de sus poemas, la sensorialidad del cuerpo rodeado por el agua. Poemas-brazadas que alcanzan el efecto reverberante del haiku, su detención temporal, pero a su vez –y aquí reside la potencia del libro- avanzan en el tiempo y el espacio líquido como fragmentos de una narración (ya autónoma del relato “original” y con un final diferente). Hablados por una voz que se funde con la del hombre que bracea, los poemas deslumbran al unir fulguración lírica y dinamismo narrativo. Como un nadar sin descanso a través de fotogramas poéticos.



Fernando Molle

Review. Revista de libros N° 9. Septiembre - Octubre 2016

Fernando Molle sobre Charlas breves, de Anne Carson

PARTES DEL TODO (fragmento)



Charlas breves, de Anna Carson, es uno de los pocos textos traducidos al español de esta notable poeta canadiense nacida en 1950. Es un libro sobre un territorio inasible: los “temas de conversación” Cada “charla”, cada prosa tensa y concentrada, trata “sobre” algo. Los motivos son variados. Muchos de estos breves poemas hablan de escritores o pintores, pero también tienen su lugar las truchas, el autismo, las geishas o las vicuñas. Cada pieza es el destilado de una “conversación” elidida, la resonancia final de su sentido, “sin el aburrimiento de un relato” (“charla” también alude, irónicamente, a la conferencia). No hay dimensión dialógica en estos textos, cuyos procedimientos poéticos son tan eficaces como invisibles. Algunos parecen microrrelatos, pero no lo son. Otros parecen fragmentos de un diario íntimo, pero no lo son. Son algo indefinible; son poesía: una suerte de conversación unipersonal de una charlista brillante, constantemente interrumpida por ella misma.



Fernando Molle

Review. Revista de libros N° 9. Septiembre - Octubre 2016

Fernando Molle sobre Adagia, de Wallace Stevens


PARTES DEL TODO (fragmento)



Wallace Stevens fue un poeta pensador, cuya obra es una vaivén entre los polos de la imaginación y la realidad. Su libro póstumo Adagia es un clásico secreto del siglo XX. Publicado en 1957, dos años después de la muerte del gran poeta norteamericano, reúne fragmentos y aforismos sobre la creación poética, cuyo modelo estilístico son los proverbios de Erasmo (la atenta traducción es del poeta Patricio Grinberg). Si algunas de las definiciones punzantes de Adagia han pasado al acervo de la poética moderna (“La lengua es un ojo”, “Un cambio de estilo es un cambio de tema”), es porque Stevens, como quería Baudelaire, alcanza una de las prerrogativas del genio: crear el lugar común. No pocos fragmentos se centran en una de la obsesiones de Stevens: el arte como sucedáneo de la experiencia religiosa, luego de la “muerte de Dios”. Stevens reflexiona casi siempre sobre “la poesía” o “el arte” en general, no sobre escritores o libros puntuales. Esto podría dificultarle la angulación del juicio, acercarlo a la arbitrareidad generalista. Pero Stevens nunca es gratuito: da en el clavo una y otra vez con una pasmosa naturalidad. 


Fernando Molle

Review. Revista de libros N° 9. Septiembre - Octubre 2016

Reseña de Los contrarios, de Fernando Molle (Perfil Cultura)


Reseña Los contrarios, de Fernando Molle
zindo & gafuri, 2015




Fernando Molle pareciera encarar sus libros como proyectos separados. Después de la exuberancia verbal y el juego con las formas clásicas en el excelente Del libro -Vox, 2008- Los contrarios es un libro austero, con un lenguaje que bordea lo coloquial.

Desde el nombre, y lo subraya el acápite de Heráclito al primer poema, El cielorraso-, Los contrarios se sitúa en el tema del cambio y de la dialéctica, después: lógica de los hechos y de los matices. Es el terreno de la argumentación, del otro y del devenir a partir del enfrentamiento; el ámbito de lo que podría ser diferente, de lo que cambió en un sentido o en otro, pero que siempre escapa a la identidad o a la contradicción.

Esta lógica discursiva estructura los seis poemas que componen el libro, desde lo familiar cotidiano de El cielorraso hasta el cierre cosmológico de La vereda de enfrente. Los versos cortos, ordenados de a pares o tercetos, sostienen un ritmo que va puntuando las alternancias y las oposiciones. Cada verso introduce un giro de sentido, una ampliación o restricción a lo afirmado anteriormente. Molle bordea la frase hecha, pero la aplica en un contexto donde el sentido, o el uso están siempre ligeramente desplazados. Los versos parecen por momentos demasiado cortos, en otros casos se prolongan unas sílabas más de lo que venía proponiendo el ritmo del poema. Nada es del todo lo que parece.

Allí donde la dialéctica ofrece una posibilidad de síntesis,  el poema se detiene antes, se limita a consignar las tensiones –en todo caso regulando las intensidades, o volviendo al punto de partida– y así, hace honor a la sospecha de que toda síntesis implica una clausura de sentido o una simplificación empobrecedora.

Diego Sasturain
Perfil Cultura, Marzo 2016




Josefina Fonseca sobre Poesía recuperada, de Naty Menstrual


Mil retazos mil amores
Sobre Poesía recuperada, Naty Menstrual
zindo & gafuri, 2016





                     “Quisiera escribir tan profundo/ tan hondo/ tan prohibido”.



Hay un collage de texturas que podrían ser retazos de animal print o líneas que formaran una huella dactilar. En el centro, adivinados entre recortes negros, los rasgos finos de una mujer. ¿Una mujer con barba de cebra? La ilustración de tapa de Poesía recuperada (2016) de Naty Menstrual advierte algo de lo que es: una recopilación de casi cincuenta poemas concebidos antes y después del nacimiento “travatrash” de Naty; una unión de fragmentos en choque, completamente conciliados entre sí.
“Otros años otras palabras/ otras bocas otros cuerpos otra mirada/ la misma sangre” aclara el epígrafe del poemario, en el que pronto se dimensiona que cualquier intento de definición de la autora llevará al fracaso. Para quien pregunte quién es, dirá: “Soy hombre soy mujer soy clítoris y glande soy Mr. Hyde y Frankestein un cielo nublado y mil estrellas un cielo azul y una feroz tormenta (…) soy lo que quiera ser a la hora que sea”. Y para quien no lo entienda, pedirá: “Que nadie me odie/ que ya me basta a mí/ con mi tortura/ interna”. Será amor lo que pida alguna vez, pero jamás clemencia: conoce la inexistencia de dios, y tal vez por eso en sus versos haya tantos ecos de soledad.
Lo que estos poemas recuperan es la marca del momento en el que fueron escritos, atravesados siempre por la ferocidad de la urgencia. Un urgencia que a veces denuncia hipocresía: “Pobre tu mujer pobres tu hijos/ viviendo en un mundo de mentira/ y yo gimiendo”; que otras veces es capaz de transformarse en fulgores de suavidad: “Puse botellas de sol/ en mi heladera/ para calmar/ tu sed sedienta/ de sirena”, o de reconstruir con aromas un recuerdo, como quien necesita volver a un lugar de protección: “El olorcito a coches/ en el portón/ donde el abuelo/ nos subía/ y jugábamos carreras/ primero eligiendo el modelo/ uno elegía Citroën/ otro elegía Peugeot (…) y qué podía importarnos/ si el olor sopa…/ llegaba hasta el cielo”. 
Poesía recuperada reúne con honestidad los estados de ánimo y los registros poéticos de Naty Menstrual, quien repite “Hay días que quiero morirme” veintisiete veces en un poema y después resalta, en mayúsculas: “HAY DÍAS QUE NO”. Y en ese tironeo casi constante se hilvana no solo su personalísima manera de habitar, sino también algo parecido a un deseo de trascender: “Reencarnarme/ En polvo de tierra/ En polvo de mierda/ En polvo de putas…/ De putas sí…/ En suave y etéreo polvo…/ De putas sí…/ Para darles fuerza”. 


Josefina Fonseca 



Martín Barea Mattos sobre De ruidos para construcción y orquesta, de Enrique Winter



Sobre De ruidos para construcción y orquesta
zindo & gafuri, 2016




Este volumen de Winter (Chile, 1982) publicado en Argentina por Zindo & Gafuri, reúne los libros de poemas Guía de despacho y Lengua de señas, bajo el título común, De ruidos para construcción y orquesta. El libro entonces posee dos alturas, una primera parte (Guía de despacho) con una frecuencia vibratoria más densa y grave, y, una segunda parte (Lengua de señas) de altura y movimientos más agudos. En esta pieza de dos movimientos, Winter se ubica en el pentagrama como clave de Sol de sol solo, por supuesto, porque así el poeta arma su sistema solar: “Una vez me dijeron que era un sol”, dice en el poema Soles. Esa soledad en Guía de despacho, enuncia en clave de puerto y de registro, una posible historia de una familia ciudad, de un puerto, en este caso el de Valparaiso donde vive el poeta: una pieza densa como un arco de cello sonando contra el casco de un buque lleno de aceite de ballenas: un poemario emplazado en la arquitectura imposible de “Dos zapatos izquierdos”, donde los dibujos y los edificios se ponen de pie a sabiendas de que “La pega de mi papá consiste en que no se caigan”. En el poema MONITOR se puede advertir el uso del canon para traer la voz de una carta de despecho o desamor a la cual responde la voz de una instrucción para electrodomésticos que advierte, “En el interior, no hay piezas reparables por el usuario.” Lo inútil, el chocolate, un perro flotando en una piscina, la memoria, la perpetuidad hecha fragilidad, el mercado diciendo Soy, todo se hace música incidental, música doméstica, música de humor negro. Como en el poema IMOTO donde Winter da cuenta de las siete diferencias entre dos abuelos suicidas, uno de ellos su propio abuelo. La MÚSICA como titula el poema de la página 0114, la fotografía y la pintura dan cuenta de un siglo solitario y familiar, de un viaje de voz, de un mar de cereales y cuerdas que lo lleva a decir, “Soy absolutamente libre (y me arrepiento).” Tal vez para que no llegue la danza definitiva y acabe con la orquesta, “La ola es un cerro enorme que llega al camino/ y desploma a quienes cargan quintales de harina/ como si fueran aire”. Fin de la primera parte.
Lengua de señas, DESPLIEGA ALAS DE SERRUCHO desde el título del primer poema. Así la orquesta de Winter, rasga la tela. La tela parece ser la medida “y el recuerdo puede ser instantáneo”. La medida del signo en su multiplicidad genera la melodía de esta construcción ruidista. En la página 69, el sonido se apaga y da paso al silencio en la mano del director de orquesta: “UNO ELIGE UNA MANO QUE ATRAPA UN PÁJARO / el pájaro es uno”. Winter sabe que ante tremendísimo breve solo, solo queda la performance. Construye “un telar aglomerado como nata de leche” y abre su telaraña de viaje por Estados Unidos donde estuvo cursando estudios en literatura creativa, por labios, “velas náuticas cuando la ventolera va por dentro” porque “la mano de una es una araña/ y en la cabeza de otra teje”. Winter es el arácnido que nació del sol y alteró la partitura. Las señas se multiplican como ocho brazos: gentrificar el cielo, “mirar el país desde arriba un escote”, en una playa llena de parientes, tal vez la orquesta fantasma o las orejas heridas, “creaturas”. Criaturas de un cuadro de Lichtenstein declamando al interior de un bar pintado por Hopper. DICE LOS HOMBRES AMAN CON LOS OJOS/ y las mujeres con las manos/ quiere que estas imágenes puedan tocarse/ sus dedos las pestañas/ del puño que es el párpado cerrado/ la palma abierta ve/ y lo demás es una orquesta”. Los sentidos, las señas de este libro, mitad despacho, mitad lengua nos lleva desde el mar y su ballenera a la nieve que nos mira. Música arponada en el pasado para una orquesta de señas simultáneas como patas, fechas y horas que al llegar al final, en su coda, repasa los títulos en un para-meta-híper-inter y a su vez palimpsesto llamado ESTA BOCA ES UN MARCO DE LA LENGUA DE SEÑAS, que cierra esta obra polifónica de Winter entre el teatro y el museo.

Martín Barea Mattos


Mónica Rosenblum sobre Ahora que estamos en verano, de Rubén Guerrero


Sobre ahora que estamos en verano, de Rubén Guerrero
zindo & gafuri, 2016





“Envuelto(s) en una paz apocalíptica”

La idea es dramatizar el hecho de no tener laburo. No llevarlo al extremo, sino dejarlo ahí, como flotando, indica Rubén Guerrero en la particular Introducción que da inicio a ahora que estamos en verano.  Esta Introducción, escrita en una prosa poética altamente coloquial y contundente, funciona, paralelamente, como una didascalia en la que el autor señala que los actores deben cantar las canciones en voz alta  […] al límite del grito, pero no gritar.  (Sí, el libro también tiene una canción, el anteúltimo poema, con sus acordes y su estribo). Habla de dar libertad a las voces pero sin lugar al grito, porque […] se pierde la originalidad, el estilo, la verosimilitud
Y es en ese acorde que transcurre la totalidad de la lectura de este poemario: al borde del desborde, del grito; al filo. Permanentemente se percibe el terror pequeño de la calma doméstica, esa calma que antecede a la gran tormenta, como tan claramente señala Pablo Ramos en el prólogo. En este sentido, el libro todo transpira –por utilizar una expresión muy propia de Guerrero, ya que su poemario anterior se titula No transpira-  un clima inquieto, tenso; una tensión que no dará respiro.

La falta -o la carencia- es uno de los ejes centrales.  No solamente las implicancias de las carencias en el presente, sino también las resonancias entre éstas y carencias del pasado; como cuando la voz masculina en primera persona va por leche al mismo almacén al que iba cuando era chico pero hoy voy con plata/Por favor. Mañana le pago./Decía el papel con el que mi vieja/me mandaba a comprar.

Sin embargo, lejos de ser un lamento o una queja, pareciera que lo que falta viene a realzar lo que es, lo que hay; o, como en ese mismo poema, cuyo título es justamente Todo ahí, lo que falta nos mostrará sencilla y unívocamente que: Hay cosas que son así y listo. La carencia se vuelve en este libro una trama elástica que estira lo que hay, como en  el poema Los broches: […] éramos cinco y no sobraba nunca/nada. Es que el mundo era ella/distribuyéndolo todo; y, probablemente por eso […] no pensábamos que la falta era un impedimento. Es el amor el que compensa la falta, tanto en la infancia, cuando la madre lo distribuía todo, como en el presente: y me doy cuenta/de que no falta nada/está todo acá/todo esto hay.  Y remata el verso final: nada más

Y por otro lado está la falta en el sentido de estar o sentirse en falta. Yo no puedo dormir si ella se tiene que levantar./Me pone incómodo./No me gusta/[...] Ella me dice […]que duerma, que no hace falta que me levante, que el jugo le encantó./Y eso me gusta. También en el presente, de alguna forma, está el amor compensándolo todo. Es que el amor, dice Guerrero en aquella Introducción, calza como una pantufla. De todas maneras, el paso del tiempo se hace difícil cuando no se tiene trabajo, cuando se es un desempleado, y entonces, lo doméstico se convierte en una distracción, en aquello de lo que “debe” ocuparse el “desocupado”, sobre todo cuando […] tu  compañera o compañero no pueden parar de hacer cosas porque la guita no alcanza o porque simplemente nadie puede parar de hacer cosas y producir.

“Las carencias generan competencias” sostiene Barreto, antropólogo social y  psiquiatra brasileño. Y el yo poético de ahora que estamos en verano da cuenta de ello cuando se vuelve competente en el cultivo de la melancolía, en el arte de lo doméstico, en el ritual de leer el horóscopo y escribir un solo poema por día porque el departamento es demasiado chico; cuando inventa cosas para arremangar el tiempo y/o cuando nos muestra que el paquete otra vez trajo 22 bizcochitos y medio

Sin duda alguna, la destreza, la competencia mayor radican en la habilidad lírica de Rubén Guerrero: la lectura de este hermoso e inquietante libro nos deja  –como dice Osvaldo Lamborghini en un poema de homónimo título- Envuelto(s) en una paz apocalíptica.



Mónica Rosenblum