Maria Negroni sobre Hotel Insomnio, de Charles Simic

Cabaret Simic


Descubrí a Charles Simic hace muchos años, cuando encontré (y traduje) su pequeño libro dedicado a Joseph Cornell. Desde entonces, no he dejado de leerlo. El sesgo disolvente de su imaginación, la irreverencia de su voz, su expresión escurridiza hacen de él una voz única dentro de la poesía norteamericana actual.
Es cierto: Simic nació en Belgrado, donde pasó su infancia, en condiciones sórdidas. Pero eso no lo transforma en un poeta europeo: él no admitiría la adscripción.Sus referencias provienen todas, sin excepción, de la cultura norteamericana a la que emigró junto a sus padres después de la Segunda Guerra Mundial. Basta medir el lugar que ocupa en su imaginario la ciudad de Nueva York. Contra ese telón de fondo, desatinado y copioso, proyectará después sus recuerdos de infancia, los teatros mágicos y siniestros del amor, las desgracias de la historia y el tiempo, registrando cada detalle, como si fuera un coleccionista de detritus (y otros fragmentos de lenguaje), un ladrón tenaz de lo que ofrece la casa urbana.
No hay, quiero decir, otro cuerpo en Simic que ese festival de imágenes para seres desahuciados que se alza en el gabinete fantástico de Manhattan. No hay más gesto que esa suerte de extraña decepción feliz que se festeja sin estridencias. Como si hubiera encontrado, en una estrategia hecha de jirones, miniaturas, tonalidades callejeras y cierta mirada piadosa frente a los absurdos de la sociedad contemporánea, un modo paradójico de protegerse del orden y su crueldad, y también, de rebatirlo.
Lo ha dicho él mismo en una entrevista publicada en la revista The Paris Reviewa fines del 2005:“Las ciudades europeas son como grandes escenarios de Ópera. Nueva York, en cambio, siempre me pareció una suma de tinglados de feria donde, en cualquier momento y a la vuelta de cualquier esquina, podían aparecérseme la mujer barbuda, el traga-cuchillos o cualquier otro personaje circense.”
Más afín a James Tate, HartCrane, Mark Strand, W.S.Merwin o James Wright (y otros integrantes del grupo Deep Image Poets) que a los poetas del New York School of Poetry, Simic despliega una codicia material y espiritual, a la vez adictiva y propensa al extrañamiento, que todo lo trastoca. Un velatorio, un sex-shop o un cuarto de pensión (lo mismo da) pueden servirle de escenario para albergar las apariciones más insólitas: una esfinge que habla, un maniquí eléctrico que ilumina el deseo, una mosca neurótica que se posa en la sopa.
No se trata sólo de una combinación rara; se trata de una simbiosis paradojal entre una imaginería inaudita y un estilo narrativo terso, aunque elíptico, donde nunca falta el humor. ¿Cómo podría faltar? El humor es indispensable en esta ecuación que busca, por medio del descaro, e incluso la blasfemia, molestar al poder.
Ninguna intención didáctica, ningún deseo de alabar “la belleza” o de contarle al lector cuánto se sufre. Cualquier cosa, menos la solemnidad. Porque la solemnidad está asociada a las religiones, las ideologías y demás ortodoxias del pensamiento, es decir a todo aquello que quiere reeducar al individuo, encorsetarlo, coartar su imaginación y por ende, su libertad. Simic es más explícito aún: “Una verdad separada y purgada de los placeres de la vida, en mi opinión, no vale un rábano. Hay que poner a prueba las grandes teorías y los nobles sentimientos, primero en la cocina –y después, por supuesto, en la cama.” El objetivo es escribir un poema que “hasta un perro pueda entender”.
No confundir. Hay aquí, es cierto, una valoración de la frescura, la torpeza y la ineptitud que pueden contagiar veracidad al poema, pero hay también una dicción sofisticada y una preferencia por lo anómalo que favorecen la desorientación y vuelven todo más conjetural.Yo hablaría de una falsa sencillez, un poco desopilante, que funciona precisamente porque nunca se pierde de vista la irrealidad que, como bien sabía Hládik, el personaje de Borges,es condición misma del arte.
Como fuere, Simic propone un juego impar: ir a lo profundo de la verdad del alma, sin abandonar jamás los desvíos, la perturbación, la flânerie intuitiva. Atraído él también, como Stevenson, por “el encanto de lo circunstancial”, registra lo que ve su desobediencia, sin énfasis ni derroches, sin más finalidad que interrumpir la manía concatenatoria de la lógica, y reemplazar la clausura epistemológica por un banquete celebratorio de revelaciones (aparentemente) sin importancia.
Para decirlo quizá con más claridad: no hay fijezas en estos poemas de errancia. Ninguna epifanía que no aparezca calculadamente prostituida por la parodia ni insistencia que no acabe desarticulada.
De alguien que afirma: “No existe preparación para la poesía: cuatro años de cavar tumbas con un buen libro de filosofía en el bolsillo pueden servir tanto o más que cualquier universidad”, puede esperarse mucho. Al menos, no encontraremos sufrimientos viscosos ni retóricas chatas o anémicas o estériles; no habrá indigencias verbales ni optimismos higiénicos y deportivos.
¿Qué más se puede pedir?
Simic tiene, sin embargo, sus detractores. A pesar de haber recibido numerosos premios (fue, entre otras cosas, Pulitzer en poesía en 1990 y poeta laureado en la Biblioteca del Congreso de los EEUU en 2007), se lo acusa de flirtear con el surrealismo y de ser anti-intelectual, dos críticas, a mi entender, incompatibles. Por lo demás, a Simic no le cabe bien ningún rótulo. Su afinidad con el surrealismo—evidente en su embeleso con la ciudad y el cine negro, y en su percepción perspicaz de los vínculos entre sexualidad, crueldad e infancia— no lo afilia por fuerza a los severos manifiestos de Breton. Mucho más cerca de Tristan Tzara, de Alfred Jarry o de Apollinaire, esta poesía inaugura su propio Cabaret Voltaire al otro lado del océano.
Como las cajas de Cornell que tanto le gustaban, sus poemas son espacios donde desplegar una experiencia estética que es también una manera de entender el mundo. Después de todo, ¿no es acaso el poema una teoría de la poesía y esta última una teoría de la realidad?
El arte --pareciera decirnos Simic-- lee siempre un libro interior que habla de la ciudad del alma. Pero, en ciertas conjunciones o geografías temporales, ese libro y esa ciudad pueden coincidir y proyectar una suerte de museo no figurativo, lleno de juguetes verbales y enigmas sensuales, y un carozo de sombra también, porque no ver es hermoso. Lo que sigue es una fiesta de perspectivas más que humanas.


maría negroni 2017

Roberto Cignoni sobre Acúfenos, de María Rosa Maldonado


Postfacio

alfabetos que saltan como las semillas del acanto
sutiles inscripciones:
cada cosa su signo y en el signo la cosa
las funda el vertedero amoroso
para un por qué y un para qué?



¿Por qué ínfimos acuerdos, de los que el hombre es, tal vez, sólo un testigo que aflora a través de la tinta, se ofrecen las palabras a hablar de las cosas como si las cosas mismas hablasen en las palabras? ¿Por qué juego, o incorregible goce, se retiran ellas de los catálogos y los saberes donde permanecían congeladas, y son ya el gesto y la animación de criaturas o de objetos capaces de revelar cualidades inéditas?
Ah, espesor sensible, prodigioso del lenguaje, hecho de estratos y de pliegues, de resistencias y accidentes, por los cuales es preciso transportarse para encontrar los alumbramientos infinitos del espesor de las cosas. Idioma que hace nuevo al mundo, mundo que es otro bajo el celo de asombro y novedad de las voces que acontecen: estos poemas, avergonzados del carácter y la función que a vosotros quiere asignárseles, se empecinan en un diálogo corpóreo, desean una naturaleza mucho más poderosa que la naturaleza ofrecida por la ciencia y la ciencia otorgada por los hombres.
Cosas-palabras, palabras-cosas, vosotras no os volvéis ya víctimas de una descripción a través de medios tan precisos como acostumbrados, ni esclavas de un conocimiento cuyas nominaciones se desean inmutables, sino que hacéis posible una serena vivificación donde ya no insisten la noción que substancia o el parecer que limita.
Palabras que os animáis al secreto de los gestos y de los enlaces soberbios de formas y arquitecturas, de torbellinos y de danzas, vuestros poderes se dilatan y vuestros alcances despiertan otra vez al universo en los oídos de quien las escucha. Acordes o trances con los cuales todo está en movimiento, donde el aliento se dice extensión e intensidad, y por los que no existe imagen que no deje escapar una oleada, un cántico variado, alguna embriaguez capaz de activar un juego sin motivos o una visión indiferente a las razones del espíritu.
Habéis llegado a estos poemas para remover un impulso que parecía agotado en nuestras lenguas diminutas, prontas a secarse bajo la afectación de las habladurías y los torpes decorados del sentido común. Habéis otorgado, entre unos silencios y unos signos breves, el coraje de un mundo que no se resuelve, el calor de cierta impropiedad inmune a la gotosa provisión de verdades. Tanto eleváis acentos entre la tierra y los cielos, tanto componéis una sintaxis con las criaturas y sus ensueños, tanto ofrecéis un libro de vocales a las perfecciones de lo imaginado, que descubrís para nuestra vida el trabajo de suscitación que la descuenta de una voluntad de absoluto o alguna obsesión por la cima.
Estos poemas las acogen como su cuerpo y su temblor, nunca sobreañadidas al mundo, nunca inoportunas para el único suceso que allí se precipita. No entran las unas en las otras por fuerzas de absorción, no se engendran las unas en las otras por vías causales. Ligeras y sensitivas, no se les conoce voluntad por un progresivo acrecentamiento, ni dan la impresión de sufrir los dolores de la no justificación. Jamás se han querido, sobre este mundillo de huellas, los cuerpos segundos del sueño, la experiencia o la realidad voraz. Se puede decir que empecinan su único amparo en el camino que realizan, sin que este camino esté tensado por las urgencias de la fuga o las pretensiones de la meta. No hay otro movimiento en su nombrar que el de la expansión, saliéndose tantas veces de sí mismas para encontrarse de nuevo en millares de hermanas, abrazando la misma, primordial fuerza con otra nota, otro rango, otro matiz. Se las siente donar, para nuestra humilde estancia, un entusiasmo de despliegue y transfiguración, anticipando en su nacimiento una despedida franca, en su despedida un nacimiento irreversible.
Palabras arrojadas por las aguas, las flores y los animalitos del pensamiento, los incomparablemente más vivos, se os percibe a menudo como brisas venidas de muy lejos, sin vértigo, sin choques, sin ruido, encontrando por vez primera a quién hablar. Y aquel a quien misteriosamente han sido dirigidas, vagabundo aun de toda condición, se descubre y se nombra a través de vosotras, sin que este nombre tenga más entidad que el amoroso susurro entre unos bordes labiales.
Acanzáis así vuestra perfección, desconociendo la cotidiana y bullanguera frivolidad que los hombres se permiten varias veces al día, buscando, con sus opiniones y discursos, alguna seguridad o confianza terminales. Cada una se apega a su sonido y a su imagen, igual que el molusco a su concha, cada una habita la morada que no ha tardado en secretar de su propio cuerpo. Y así nada se siente, irreductible en su modo y desde el sensitivo concierto de su presencia singular, ínfimo u omnipotente, divino o terreno.
Como pequeñas zumbadoras a los umbrales del alba, se os siente asomar ajenas a la rumia y el bostezo, a la trascendencia y el versículo. ¿Qué sabiduría no celebraría el árbol que ascendéis, capaz de contemplar en amorosa meditación? ¿Quién no vacilaría en volverse con vosotras una hormiga sobre la ciénaga del ser, siempre ligera, lista a recoger muestras del dios y hacer con ellas su comida? ¿Y qué ojo, al rozar apenas la superficie sedosa de vuestras letras, no irradiaría el color rosa francia de las células madre o la negrura del sol que dibuja un melanoma?
Hoy me he encontrado con vosotras en este pequeño libro cuyo suelo, tan extraño a las rutas y a las señales camineras, nunca seguramente acabaré de recorrer. Me he labrado en sus valles, sus hondonadas, sus grietas, sus ondulaciones, he explorado su flora y su fauna sin temores o conflictos ante alguna especie de excepción. El calor vuelve a abrazarme en la mímica sutil de unos gestos que se enlazan, el tiempo se diluye en figuras capaces de embargar con melancolías secretas o contentos, con rabia desnuda o arrojos de fe. A cada emisión de una salva conductota, a cada ritmo de cualidades, a cada enlace o relieve del silencio, emerge una visión impredicable, una cosmogonía que no se condiciona por el llamado de los mitos o la exigencia de las religiones. El mundo se convierte en una exhuberancia de frutos, de apariciones súbitas y coloridas, despojadas de cualquier signo o valor, de alguna escala o jerarquía. Tanto es posible responder, sin sentimiento alguno de contradicción, al llamado de la artemia franciscana enamorada de la luz, como a la anémona de venenos siempre prontos en sus largos dedos de reina. Y tanto es posible transportarse, sin los límites que impone un reino, de los iones metálicos disueltos en un río, a la gracia vivaz de las algas verdes, los ciliados y las sutiles diatomeas.
Todo ahora se vuelve afín entre voces inmemorialmente enfrentadas por un prejuicio común. Elementos y seres que tantas veces fueron clasificados y estacionados en parcelas mortuorias, se sienten libres de difundir su física espontánea a la medida de los encantamientos y no de las razones directrices. Gradualmente penetran en una sublime orquestación donde las hipótesis y el Absoluto cesan de distanciarse, asisten el milagro a través de un timbre y una semántica que el hechizo hace suyos. Las categorías, empecinadas en separar a las cosas y seccionar nuestra percepción, se ven de pronto pensando con colores, con perfumes, con formas, con intensidades. Desconcertadas bajo esta apoteosis, se confunden en caracteres de escritura, alientan los rayos de la acentuación, el mineral brillante de los sustantivos, la savia de artículos y de conjunciones. La página se vuelve, al mismo tiempo, un organismo de escritura y una atmósfera sensible, y las frases, que ya no magnifican la esencia o la definición de las cosas, emergen a la temeridad de asociaciones inéditas, de evanescentes indicios, de enigmas.
A su compás la inteligencia, tantas veces soslayada del pensamiento por los criterios y las convicciones, duramente emplazada por las disciplinas ante los embates de la incertidumbre, extrae a los signos de su mausoleo y los esparce en una infinidad de diáfanos vitrales, transparentes ante una luz que no retienen y multifacéticos según la incidencia que dicha luz asiste. Las leyes y los imperios del concepto se esfuman; a un vibrar, la idea amanece en cada punto engendrando según su anarquía y desplegando según su apertura.
El misterio y la aparición, nunca de este modo en trance de separarse, convocan a los nombres para un brindis de errancias; ellos se vuelven diestros en eclosionar a espaldas de los peajes ordinarios y las señales de admisión. Si pudiésemos ahora tentar el infinito, lo encontraríamos en el despliegue que cada imagen no deja de alentar de sí hacia sí, nunca idéntica en su puro devolverse; si concediésemos una eternidad, la apreciaríamos por ese olvido de recuerdo y promesa que el libre encontrar se procura en fulgor.
Sonoridad pensante o drama sinfónico, cada poema hace de sus símbolos el rostro íntimo de la inmensidad; inmerso el hombre, la línea de sentimiento que incide avanza siempre en puntas de pie, cuidadosa de no otorgar algún flanco débil a las necesidades emotivas y a la explosión de sus descargas. Y aun cuando la materia, impulsada a cuidar de las voces una consistencia antes ignorada, se ofrece al decir entre brisas y contracciones humanas, no se la siente retener de éstas más que un sentido ausente: iconizar lo invisible, figurativizar el misterio, edificar lo abstracto, amueblar el vacío, son aprehensiones de la humanidad que no dejan de tangir, pero, jamás enquistadas en poeta, no se advierten más que como eco o fantasma, como difuminado o matiz.
Dinámica de lo asombroso, todo deviene: los géneros, las especies, los individuos; los vapores, los dialectos, las partículas y los átomos, los tejidos y los órganos; un país, un bosque, un fenómeno divino; las bombas, las piedrecillas, los dioses y los vientos, las enfermedades y los fármacos; los mares, los sueños, las estrellas, las radiaciones. Todo se vuelve intercambio, beso mágico de las ósmosis. La tinta entrega sus sémenes precoces y el empuje de un hálito convierte al verbo en fenómeno. Los elementos y las criaturas, alguna vez dispersos, habitan la página como sembradíos de los que nada es posible cosechar si no se tientan los riesgos y las apostasías, los imponderables y los desvíos. Las cosas escriben su enmienda de libertad. La belleza se anuncia siempre extraña a sus referencias.
Tal vez nos preguntemos, lectores sencillos o rebuscados, pacientes o ansiosos, cómo es posible vislumbrar entre todo ello algún horizonte. Confundidos tantas veces, embargados por notas y giros desconcertantes, “los primeros ojos “ acuden en nuestro auxilio para emanciparnos de la perturbación, de cualquier infeliz altercado de lectura. Iluminación de un motivo en vigilia amorosa, la imagen vuelve a confiársenos en una visión primicial. A un soplo arranca “las capas del estruendo”, desaprende lo mirado hasta que lo imposible de ver impresiona y talla. El relámpago surge de imprevisto como el punto brillante que escapa al reconocimiento, el azar feliz de la despreocupación que hace visible. Formas y objetos, figuras y seres, responden sólo a su propio modo de advenir, sin que ninguna causa soberana o divinizante rito imponga su razón ineluctable. Las cosas fulgen, despuntan exentas de asimilación o deriva: el beleño, la piedra calamita, las hojas triboladas de la hepática nobilis, los bulbos gemelos de la orquídea, asisten la infinita promisión, el roce en destellos de presencia y vacío. Aliadas a la mano amistosa, no hay nada que las funde, “ellas son el vertedero”, la acogida del lenguaje en coronación de fuente.
De un norte a otro norte, bajo la sensitiva música que crea los acuerdos, me he encontrado hoy con estos poemas. No he podido, a su través, más que volver presente lo esencial: el nombrar no es ansia, ni concilio con un mundo, ni súplica por un bien que al fin pueda alcanzarse, sino apenas constancia de un vacío, despliegue de toda escena y todo anonadamiento entre un por qué y un para qué inavistables. La existencia no cesa de asistirse un puro comienzo, la ausencia prodigiosa de motivo volviéndose su propio origen, corazón del libre fruto que precede a la siembra. Comprendo con ella cuando, alumbrándose toda amplitud, me concede toda respiración, cuando, concediéndose toda respiración, me ilumina toda amplitud. Puedo entonces advertir, cualquiera sea la imagen a la cual interiormente me sienta unido, que es la visión entera, la visión inabarcable, la que está en juego. Todo se muestra distante, desplazado, singular, y sin embargo, no dejo de estar allí, celo irradiante de nadie sin promesa de destino.
Así, palabras, nunca me separo de vosotras. Vuestro avance, sobre un montón de voces impregnadas de óxido, se realiza otra vez en desorden: hacéis remolinear los manuscritos, demoléis las significaciones, vareáis rabiosamente vuestros frutos más consentidos. Contra la posesión a la que os quieren someter unos labios infectos, sois capaces de hablar por fuera y aun en contra de vosotras mismas. Sacudís en la intemperie germinante la identidad que os haría mortales. Comprendéis, al fin y al cabo, aquello que, obsesivamente, nos embargaba cuando éramos apenas unos niños: no sabemos lo que el mundo quiere decirnos, no sabemos lo que queremos decirle al mundo. Y así cada día sois las únicas que, dejándose hablar, nos ofrecen la respuesta generosa.
Hoy volvéis a sostener, en la levedad de unos trazos primordiales, una sola y continua evocación por la cual, a través de los tiempos y en el sin tiempo fundante, energías y seres,
poderes y cosas se corresponden, obran, fecundan, ofrecen
la amistad de su puro suceder. La página se abre: de una
imagen a otra del poema hacéis vértice en las lejanías. Vuestra
inmensidad es el sentido del misterio aventurado.


Roberto Cignoni

Juan Salzano sobre Devociones, de Alan Ojeda

Sobre Devociones, de Alan Ojeda
zindo & gafuri, 2017





Henry David Thoreau, al inicio de su breve pero contundente “Walking”, nos estampa en la cara esta declaración, como un desafío frente al fetichismo de la Cultura que prima hoy en día:

“Quisiera decir unas palabras a favor de la Naturaleza, de la libertad absoluta y lo salvaje, en contraposición a una libertad y una cultura meramente civiles –considerar al hombre como un habitante, como una parte o parcela de la Naturaleza, más que como un miembro de la sociedad–. Quisiera hacer una declaración extrema, si se me permite el énfasis, porque ya hay suficientes defensores de la civilización; el ministro y el comité de escuela, y cada uno de ustedes se encargará de eso.”

Claro que esa Naturaleza naturante está lejos de la imagen que la Cultura culturante tiene de ella, está “más allá de la imagen” (como reza el título de una de las secciones del libro de Alan): esta Natura no tiene nombre y produce, como cierto bosque en Alicia, la pérdida del nombre. Ni siquiera está incrustada en una oposición Naturaleza-Cultura, siempre y cuándo aprendamos de memoria (es decir, par coeur; literalmente: de corazón), la primera lección bergsoniana, que consiste en preguntar: ¿cuál naturaleza, cuál cultura, de qué tipo, cómo, cuándo, dónde? Lejos de una simple robinsonada, esta Naturaleza (que bien podría ser, a su vez, una Cultura nueva, si asimilada por el poro) es, más bien, lo que el teúrgo y teósofo dieciochesco Martínes de Pasqually llamaba: “La Cosa”, y que Alan, en su “Devocionario”, llama: “esa cosa”. Lo que tampoco implica, más bien todo lo contrario, una distancia inefable respecto de nuestra percatación. Porque esa Cosa nos inunda, a través de las heridas que las cosas –sus expresiones– provocan en nosotros (“Lo Real me inunda”, dicen estas “Devociones”, poniéndoles coto a ciertos prejuicios del “conventilleo de lo real”, porque lo Real, si inundación, es una correntada que se carga todo, palabras y escamas, botes y voces y vates), desmintiendo una y otra vez el estado de separación en relación a ese absoluto que, para seguir esquivando el auto-corrector platónico, llamaremos positivamente “enigmático”; separación que tanto el racionalismo crítico como el culturalismo contemporáneo como la teología negativa promovieron por igual, a pesar de su ilusorio antagonismo. De ahí que surja, al fin, otra posibilidad para una práctica devocional. Porque estas devociones agencian una especie peculiar de adoración, alejada, a la vez, tanto del cinismo aplanador de un cierto materialismo reductivo como de la trascendencia excluyente de cierto idealismo inflado: el fuera del mundo, acá, irrumpe en el mundo para transfigurarlo energética y dinámicamente, para revelar ese afuera acá mismo, ahora mismo, en este detalle y en ese matiz. Es el mundo irrumpiendo en y desde sí mismo, es la muda muta en las matas del mundo. Los magos ogdoádicos tenían un mantra: Mundos dentro de mundos, entre los mundos y a través de los mundos. En toda su variedad, si captada en cada punta de brote. Es este arremolinamiento, precisamente, el signo de la revelación. Porque la devoción, como el arte, no espera al hombre para existir. Lo sabe bien el heliotropo, cuyo movimiento de rotación es un silbido, un canto, una oración a su fuente lumínica: su adoración al Sol, tal y como puede hacerlo una planta. Tropismo hacia su germinación nativa. Henri Michaux dio la fórmula de este tipo de devoción hace décadas, cuando hablaba de una “fe por vía vibratoria”, de aquella “onda que ayuda a adorar” (aunque se estuviese refiriendo, claro está, a la mescalina: “la irrupción de la planta en nosotros”, decían Deleuze y Guattari).

Por supuesto que hay líneas –líneas quebradas, sin duda, no-lineales e involutivamente futuribles– que, en el trans de la cultura y la historia, tienden puentes o vasos comunicantes entre los distintos adoradores de este tipo (ahí aparece la otra Cultura naturante que desmiente el binomio heredado de la Cultura culturante y la Naturaleza culturada). Como dice NaKhlah Khan en el posfacio: en el título del libro de Alan, “Devociones”, resuenan aquellas “Devotions” del poeta John Donne y el perfume del mago isabelino John Dee, en su reincidencia metafísica mientras comparten la tienda de campaña a través de los Eones. No es usual encontrarse, en poesía, con alguien que admira metafísicamente, que combate metafísicamente, que intenta “salvar lo que merece ser salvado”, en especial en el caldero de aquello que nos atraviesa. No es usual que el combate se sostenga en este tipo de adoración, en lugar de pender de cierto hilo cínico que todo lo desprecia aun cuando pretenda celebrarlo.

Dice, también, NaKhlah Khan en el postfacio:

“Lo propiamente excéntrico de estas Devociones es que cuatro siglos después y bajo una situación generalizada de anecdotismo para la platea, la escama de meditación conceptual que aquí prima, aporta un renovado sesgo metafísico no-idílico ni dramático. Gracias a ciertos filósofos del siglo XX recuperados por Gilles Deleuze (Whitehead y Bergson, especialmente), captamos que no era que la metafísica había muerto (sick!), sino que había para ella un plano que no remitía a la historia de la trascendencia platónico-romántica, sino a la cosmología físico-metafísica de una siempre soterrada ontología vibratoria, que se dispara desde poetas-filósofos como Heráclito. Nunca estuvo lejos de esta sapiencia la poesía conceptista, manierista o “metafísica” hasta hoy, y hasta este libro, que sin portar la pesada carga de aquellos movimientos, los sesga velozmente para usarlos sin adhesión ni recuperación. Aprovecha, además, que la metafísica en su fase conceptista es un arte de agudeza (lejos de lo plomizo y apesadumbrado del profundo) de la correlación aguda entre palabra e idea, bajo un manto –nada tranquilizador– de concisión, y de veloces fintas. Porque esta austeridad, por su estrecho contrapunto consigo misma, logra abrir los conceptos a sus percataciones existenciales”.

En la concisión del libro de Alan (aunque es una concisión estilística del tipo “extracción alquímica, quintaesencial”, de breves sentencias, como las del Viel Temperley de “Humana vitae mia”) se percibe, no obstante, un in crescendo, a la manera de un protocolo experiencial que va redoblando la apuesta, de una penetración metafísica concreta que depone las categorías fijas de registro y por eso, ¡zas!, se vuelve mística, en tanto variante de una cierta metafísica práctica, como dirían algunos sufíes o el mismísimo Schopenhauer (¿Un poeta místico en Argentina? ¿Por qué no? Los hubo y los hay, a pesar del desencantamiento nuestro de cada día). Poco se entiende la mística cuando se la lee desde el dualismo escapista, pues lo que despunta es su sentido de mystés, el candidato al misterio o silencio o latido cardial en las fibras de las cosas que hay que captar de un golpe, no necesariamente cordial en la medida en que lo que se entabla es un combate (una guerra, insiste daumalianamente el libro –cfr. el poeta René Daumal y su “La guerra santa”). Pero este combate no es cualquier combate: se entabla contra un cierto mundo, el mundo humano, demasiado humano, de la circunstancia y el miedo, del consenso respecto del miedo y la circunstancia.

En este sentido, si hay algo que aporta este libro al panorama poético reciente, consiste en desestimar y deshacer el consenso de los lamentos contextuales, consuetudinarios, anecdóticos, para instalar un grito central, por fuerza inactual, que inmediatamente se transmuta en guerra santa: “Si no hay palabras gritaré / como un animal tratando / de herir el cielo”. Por parafrasear a Artaud, otro devoto del espíritu en la médula: “creemos que los poetas deben pertenecer a su época, pero no creemos que puedan hacerlo más que declarándole la guerra”. Los pasos de baile de este itinerario –las poses o posiciones de combate, diría Libertella- están marcados por los títulos de las secciones del libro: de la percatación de la ligereza y la fragilidad a la puesta en temblor del imaginario, de los márgenes del combate cuyo locus es el cuerpo pinchado de claridades, a la franca guerra santa que es, en definitiva, una tormenta de salvación o redención: de ahí la asunción de una comunidad pneumática por venir y a la que se encarna mientras se la llama, inflamándose de aquella ligereza invocada. Y digo “pneumática”, porque para el que se adentra en el desierto, es la brisa como aire o respiración aquello que le acompaña, “como Dios”. Ese “pneuma” es lo que en nosotros (entre nosotros, entre las cosas y nos-otros) inspira y conspira, co(i)nspira, para crear “un cuerpo / nuevo / donde el egoísmo no comulga”. Esa era, una vez más y concretamente, la revelación, o al menos el umbral que abre el camino hacia ella: “Así se camina / hacia la revelación”, dice Alan. Un común de la materia-espíritu, para una comunidad de pulmonáutas: esa comunidad que viene (como dice el título de otra de las secciones), que va y viene, como el aire incubado en la respiración de las cosas.

Para terminar, no habría que entender moralmente la salvación o redención que esta guerra santa pone en juego (descartemos desde ya los fundamentalismos bélico-religiosos, vengan del monótono-teísmo que fuere, incluido el de la “razzia” de la Razón desencantadora, también producto de la secularización e interiorización de una “fe” colonizadora). Porque la guerra santa, en el libro de Alan, es además un fenómeno de tipo meteorológico: una tormenta espírita concentrada en un puño. La salvación, también: una claridad, un destello en la carne. Redención se dice en griego: “apolytrosis”. Los antiguos gnósticos de los primeros siglos de la era cristiana, en palpable desmentida de la naciente Iglesia de Roma, entendían este término como: “liberación”. Podría añadirse, como insisten los teúrgos martinistas: “liberación incluso de la misma liberación”. En suma, no se trata sino de una experiencia iniciática, dependiente de un combate elemental, en el cual la fragilidad y la ligereza son asumidas como fortalezas, como potencias interiorizadas y sin nombre: interiorizar la propia mortalidad como potencia “eterna” más allá de las circunstancias (contra los “aliados del tiempo” cronométrico, y a favor de la eternidad como duración o complicación creadora del Tiempo: su punto germinal). Darle “sustancia”, “densidad” a la Cosa. Porque sólo así, en el intervalo atmosférico de las palabras, se toca “La Cosa…”: “esa cosa / que las palabras no tocan”. Sólo así: respirando. Un poco de aire fresco para este encierro de civilizados. Una guerra santa contra esa: su Polis. Contra ese: su Mundo. “Contra el mundo / no / Contra su mundo / sí”, aclara Alan. Aunque sea así, a base de ideas o sentencias vitales, jeringadas a una carne ahora transfigurada por su hálito: “con la penetración de una aguja / para introducir un concepto / que una vez / penetrada la resistencia / se inflame / quebrando la coraza / volviendo endeble lo firme / calando en la carne y el hueso / del mundo”.

Y una jeringa de este tipo es una bocanada de aire pensátil que siempre, siempre, independientemente del estilete bajo el que se presente, vamos a agradecer.



Juan Salzano

Horacio Fiebelkorn sobre Punk Rock, de Walter Lezcano

Sobre Punk Rock, de Walter Lezcano
zindo & gafuri, 2017

Texto leído en la presentación





   Pienso en las razones que llevaron a Walter a pedirme que presente su libro Punk rock.
   Una, tiene que ver con la simpatía y el hecho de haber leído juntos y haberla pasado bien algunas veces. Y ahora además, por segunda vez, compartimos catálogo.
   La otra es hipotética: acaso me ve como un rockero veterano, aunque a esta altura soy más lo segundo que lo primero, y mi relación con el punk, a inicios de los 80, duró lo que una canción punk: dos minutos y monedas. El pogo nunca me necesitó.
  Dicho esto, y luego de leerlo por segunda vez, me da por pensar que Punk rock, novela en verso según define Walter, más que un retrato en código generacional, se va convirtiendo en una elegía pos-adolescente. Ojo, no una elegía en tono sentimental y pavote. Son los jirones de los años en que la materia de lo real se impone inapelable. No somos los genios que creímos ser en una noche de borrachera, y la magia que atribuimos a nuestros ídolos, no viene a los tres acordes que tocamos en la viola. El punk de los suburbios, no el del anglófilo barrio de Belgrano.
   Punk rock es el tránsito rumbo a ese borde.
   Porque no viene a vernos tocar esa persona que nos interesa. Desafinamos, todo es feo y absurdo. 
   Porque mientras tanto nos sorprende que alguien toque porque ama la música o busque un “algo indefinible”. Están locos, no quieren dinero ni chicas. Para qué es el rock and roll, sino para ganar dinero y convocar la atención de las chicas?
   Así, el rock and roll como fantasía arltiana: salvarse para siempre con una banda. Ni rosas de cobre ni medias que no se corren: una banda punk. Pero eso no les funciona a todos. No todos los que juegan en inferiores llegan a primera.
   Como es una novela en verso, o un largo poema narrativo, se nutre, como todo poema, de su propio fracaso. Y deja caer, como al descuido, estos versos:

“Los cables no saben
qué hacer”.

   Dos versos maravillosos, la punta de la mecha: salidos, parece, de un arrebato, o dichos como al pasar, escapan de todo plan representacional. En versos como éstos,  Lezcano salta por encima de cualquier propósito. Le hace una zancadilla al pogo del lector, con los versos más punks del libro, los que te hacen parar la oreja, los que discuten con la fantasía de personajes obsesionados con el look como camino a una idea de “éxito” comprada en Sprayette.
   ¿Importa establecer en qué linaje literario se ubica Punk rock? No a mí. En todo caso, que lo diga otra gente.
    Me interesa, sí, decir que como todo lo que es en verso (y el verso es la prueba fatal para cualquier prosa, porque no tolera una sola palabra al pedo) brilla en la fisura, es una narración llena de silencios, como todo poema que se precie. Es su mérito, y no es poco.


Horacio Fiebelkorn 
  
   
   

Fernando Molle sobre 62 brazadas, de Silvina López Medin

PARTES DEL TODO (fragmento)



No es habitual en la poesía contemporánea los casos de “adaptación” de textos narrativos. 62 brazadas, tercer libro de poemas de Silvina López Medin (Buenos Aires, 1976), parte del clásico relato de John Cheever, “El nadador”. Es la historia de un hombre que emprende un alegórico regreso a su casa nadando a través de las piletas de sus vecinos. Estructurado en breves “bloques”, 62 brazadas desgrana, en cada uno de sus poemas, la sensorialidad del cuerpo rodeado por el agua. Poemas-brazadas que alcanzan el efecto reverberante del haiku, su detención temporal, pero a su vez –y aquí reside la potencia del libro- avanzan en el tiempo y el espacio líquido como fragmentos de una narración (ya autónoma del relato “original” y con un final diferente). Hablados por una voz que se funde con la del hombre que bracea, los poemas deslumbran al unir fulguración lírica y dinamismo narrativo. Como un nadar sin descanso a través de fotogramas poéticos.



Fernando Molle

Review. Revista de libros N° 9. Septiembre - Octubre 2016

Fernando Molle sobre Charlas breves, de Anne Carson

PARTES DEL TODO (fragmento)



Charlas breves, de Anna Carson, es uno de los pocos textos traducidos al español de esta notable poeta canadiense nacida en 1950. Es un libro sobre un territorio inasible: los “temas de conversación” Cada “charla”, cada prosa tensa y concentrada, trata “sobre” algo. Los motivos son variados. Muchos de estos breves poemas hablan de escritores o pintores, pero también tienen su lugar las truchas, el autismo, las geishas o las vicuñas. Cada pieza es el destilado de una “conversación” elidida, la resonancia final de su sentido, “sin el aburrimiento de un relato” (“charla” también alude, irónicamente, a la conferencia). No hay dimensión dialógica en estos textos, cuyos procedimientos poéticos son tan eficaces como invisibles. Algunos parecen microrrelatos, pero no lo son. Otros parecen fragmentos de un diario íntimo, pero no lo son. Son algo indefinible; son poesía: una suerte de conversación unipersonal de una charlista brillante, constantemente interrumpida por ella misma.



Fernando Molle

Review. Revista de libros N° 9. Septiembre - Octubre 2016

Fernando Molle sobre Adagia, de Wallace Stevens


PARTES DEL TODO (fragmento)



Wallace Stevens fue un poeta pensador, cuya obra es una vaivén entre los polos de la imaginación y la realidad. Su libro póstumo Adagia es un clásico secreto del siglo XX. Publicado en 1957, dos años después de la muerte del gran poeta norteamericano, reúne fragmentos y aforismos sobre la creación poética, cuyo modelo estilístico son los proverbios de Erasmo (la atenta traducción es del poeta Patricio Grinberg). Si algunas de las definiciones punzantes de Adagia han pasado al acervo de la poética moderna (“La lengua es un ojo”, “Un cambio de estilo es un cambio de tema”), es porque Stevens, como quería Baudelaire, alcanza una de las prerrogativas del genio: crear el lugar común. No pocos fragmentos se centran en una de la obsesiones de Stevens: el arte como sucedáneo de la experiencia religiosa, luego de la “muerte de Dios”. Stevens reflexiona casi siempre sobre “la poesía” o “el arte” en general, no sobre escritores o libros puntuales. Esto podría dificultarle la angulación del juicio, acercarlo a la arbitrareidad generalista. Pero Stevens nunca es gratuito: da en el clavo una y otra vez con una pasmosa naturalidad. 


Fernando Molle

Review. Revista de libros N° 9. Septiembre - Octubre 2016